21 de abril de 2019

Viajando por Palencia: Santa Cruz de la Zarza

Hace unos días recibí de Miguel Amengual el siguiente artículo, acompañado de magníficas fotos, sobre sus muchas visitas a nuestro entorno cultural palentino para animarnos a conocerlo mejor en vacaciones o cuando sea:


"Aprovecho por comentar la reciente visita a las ruinas de la iglesia de santa Cruz de la Zarza, en Ribas de Campos, por si alguien se anima a visitarla en estas próximas fechas. Apenas cincuenta kilómetros desde Quintana, veinte desde Palencia capital. 


Hace ya unos días contacté con la Asociación de Amigos del monasterio de santa Cruz de la Zarza, un convento abandonado en las inmediaciones de Ribas de Campos, del que apenas queda en pie la iglesia y los restos de su preciosa sala capitular. Me informo sobre la posibilidad de visitar el antiguo monasterio, declarado monumento histórico-artístico de interés nacional en el año 1931. En mis visitas previas la iglesia siempre permanecía cerrada, incluso con avisos de derrumbe (un cartel del obispado de Palencia prohibía el paso al interior por peligro de colapso). Un cartel anuncia las horas de visita. Afortunadamente las cosas han cambiado para bien. 

Nos espera Marcos, un vecino del pueblo que nos abre las puertas de la iglesia y nos conduce a través de las diferentes estancias. El convento fue fundado en 1176 por Alfonso VIII de Castilla y ocupado por monjes premostratenses provenientes del monasterio de Santa María de Retuerta, en Sardón de Duero. Con la desamortización de Mendizábal, a mediados del siglo XIX, las dependencias del monasterio y sus terrenos circundantes pasaron a manos privadas, comenzando entonces un declive que no ha parado hasta la actualidad. 

La primera impresión es simplemente abrumadora. Dos naves amplias y luminosas con delicados capiteles, un ábside con tres cabeceros y las impresionantes cúpulas con nervadura de piedra. La más pura transición del románico al gótico. La luz se filtra por los enormes ventanales del ábside. Espectacular. Piedra y luz. La sensación es increíble. 

Subimos a lo alto de la torre, donde los monjes disponían de su propio palomar, a través de una estrecha escalera de caracol con peldaños de piedra absolutamente gastados por el paso del tiempo. Los troncos de olmo destacan entre el adobe y la piedra, mientras un par de campanas con su melena de encina esperan de nuevo su momento de gloria. La madera se nota sana, muy bien conservada. Los nidos de cigüeña reposan sobre el tejado; un polluelo descansa tranquilo mientras la madre vuela en círculo, un poco alborotada. Se nota que el tejado necesita una pronta reparación. 

Una vez ponemos pie a tierra descubrimos la sala capitular, una verdadera joya con capiteles primorosamente labrados. Arpías, caballeros y motivos vegetales. Marcos nos comenta que la iglesia estuvo en uso hasta los años 60, pero se fue abandonando poco a poco y con el transcurso de los años se acabó perdiendo del todo. Ahora Julio, el alcalde del pueblo, está empeñado en sacarla adelante como sea. Los dueños de las tierras tuvieron muchos litigios con la iglesia; al final acabaron ganando y el estado tuvo que indemnizar a los propietarios. Marcos dice que el obispado ha cedido los derechos a la asociación de amigos del monasterio por veinticinco años. 




Rodeamos el edificio. La piedra se conserva aceptablemente. Apenas podemos imaginar la localización del magnífico claustro que debía existir en sus mejores momentos; la mayor parte del terreno está ahora ocupado por una propiedad agrícola. Un montón de escombros reposan en silencio en una esquina. Dicen que sería similar al magnífico claustro de san Andrés de Arroyo; es cierto que algunos de los capiteles transmiten esa sensación de ligereza y armonía, así como las columnas dobles que asoman desde la sala capitular. El expolio y el abandono han hecho muy bien su trabajo. Sin embargo, aunque ya no queda nada del supuesto esplendor del monasterio, las ruinas todavía son capaces de hablar a través de los siglos y transmitirnos sentimientos profundos. No hay más que prestar atención y saber escuchar. 


La recién creada asociación de amigos del monasterio se ocupa de mantener las ruinas en pie, organiza visitas, exposiciones y actos culturales; por el momento han conseguido restaurar la torre, que amenazaba derrumbe. A través de su teléfono (609.478.634) es posible contactar con ellos y ponerse de acuerdo para concertar una visita o facilitar una donación. Los próximos trabajos previstos se dedicarán a reparar las cubiertas, punto fundamental para mantener la integridad del edificio, y a rehabilitar las vidrieras de las que no queda ni el más mínimo recuerdo. También contemplan la sustitución de las dos enormes puertas de entrada a la iglesia, en un estado de conservación bastante lamentable (la techumbre y las palomas son los dos peligros más llamativos en estos momentos). Todo esto cuesta dinero y la asociación anda buscando subvenciones y donativos entre colaboradores privados e institucionales. El paso del tiempo se acaba comiendo las piedras y los recuerdos. 

Nos despedimos de Marcos, cogemos un par de tarjetas de visita, apuntamos nuestros nombres en las hojas de registro y dejamos un pequeño donativo. Algo es algo. Una pareja merodea en la puerta sin atreverse a entrar; Marcos les invita a pasar y así poder descubrir un pedacito del pasado".

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