1 de enero de 2016

Homenaje a don Guillermo Amengual

Quiero compartir con vosotros las palabras que he tenido el honor de leer esta mañana en el funeral de mi padre. 
Gracias por todo vuestro cariño, 

Don Guillermo, general de sanidad
A mi padre siempre le llamaron Don Guillermo. También le decían mi coronel, todo dependía del ámbito en que se moviera en cada momento. Entre el ejército y sus pacientes, se pasaba el día trabajando de un lado para otro. Una persona estricta que me dio estudios y me enseñó a ser una persona honrada y con principios. Eso es lo más importante que te pueden dar en la vida, educación y principios; la mayor parte de las veces no es ni la escuela ni la sociedad, es la familia quien te inculca esos conceptos en lo más profundo de tu ser. No había más que verle todo el día trabajando y estudiando, corriendo de un lado para otro, éramos muchos hermanos y tenía que darnos de comer. No teníamos más que copiarle para aprender. Es verdad que se aprende por imitación y en casa siempre hubo libros y ambiente de estudio. Mi padre vivió bien y fue feliz, hizo siempre lo que quiso y disfrutó de la vida, no se puede pedir más para una vida tan larga y provechosa. Más de cincuenta años en Segovia le convirtieron casi en una institución, todo el mundo le conocía. Carlos y yo nacimos en Madrid por accidente (pues allí vivían los abuelos maternos) y Ana nació en el Sahara pero a partir de entonces todos los hermanos ya fueron segovianos, yo también, uno es del sitio dónde ha hecho el bachillerato decía Sampedro. Desde entonces ya siempre en Segovia. 

Yo tendría unos tres o cuatro años cuando volvimos de Villa Cisneros aunque mis padres ya tenían la casa en José Zorrilla desde algunos años antes. Diferentes destinos, el regimiento, la academia, la guardia civil, la jefatura de sanidad, y diferentes responsabilidades que mi padre alternaba con la vida civil como médico en el ambulatorio, en casa, en la unión previsora... Hizo mucho bien y la gente siempre le estuvo muy agradecida. Eran tiempos sin paro donde se trabajaba de sol a sol y el médico estaba disponible las veinticuatro horas del día (no sé cómo era capaz de sacar energía para tanta actividad). Segovia en realidad fue un capricho del destino; él, hombre de mar, no en vano nació en Mahón donde vivía con su familia, se instaló en Segovia al elegir destino como capitán médico allá por los comienzos de los años sesenta. Capricho del destino digo, porque él había elegido La Coruña por estar al lado del mar aunque el número del regimiento solicitado, el RACA 41, se correspondía con el ubicado en la ciudad de Segovia.

Él no lo supo hasta que se tuvo que incorporar por lo que de alguna manera podemos decir que vino engañado a esta preciosa ciudad. Tras el error inicial que llevó a mis padres a instalarse en Segovia, se enamoraron de la ciudad, fundaron una gran familia y decidieron pasar aquí el resto de sus días; hemos sido once hermanos de los que desgraciadamente no quedamos más que ocho. La etapa entre los años 60 a los 90 fue sin duda la más activa y fructífera. Lo dicho, una institución. Recuerdo cuando dejó de trabajar, cumplidos los setenta y cinco años, tras el infarto de miocardio que le diagnosticaron en Segovia y trataron en Valladolid. Aquello fue el principio del fin, más que por el infarto pienso yo, por la decisión de abandonar su vida laboral. Era el momento en cualquier caso. Días muy largos para una persona tan activa y tan inquieta, jornadas dedicadas a leer, estudiar y cultivar sus múltiples aficiones: el griego y el japonés, los relojes y las estrellas. Difícil seguir pintando o haciendo barcos, una actividad muy minuciosa y complicada. Genio y figura hasta el final, imposible hacerle cambiar de decisión, sus convicciones eran firmes como su afición por el Barça, a la que casi estaba más entregado que a su mujer y a sus hijos. Hace poco me decía que él no era del Barça, que era el Barça mismo. Probablemente sea cierto. 

Este último año ha sido muy complicado, una etapa de sueños y tinieblas, jamás se hubiera podido imaginar en ese trance pues era pura vitalidad. Él siempre se consideró un médico integral. Seguía dando vueltas a la cabeza, pensando en sus enfermos y en su milicia, en sus responsabilidades, en el ascenso a general que nunca pudo conseguir y que tanto le dolió. Su cabeza nunca paraba de trabajar. Al final estaba totalmente convencido de haber conseguido el ansiado ascenso, algo que tenía interiorizado en lo más profundo: “ya soy general” me decía orgulloso, y yo le felicitaba por no llevarle la contraria. No está mal, cuando uno se jubila le ascienden un grado de manera honorífica así que ahora mismo por fin habrá conseguido de verdad su ascenso a general de sanidad y podremos pasar entonces del “a la orden de usía, mi coronel” al “a la orden de vuecencia, mi general”. Un bonito homenaje aunque lamentablemente llegue un poco tarde y él ya no lo pueda disfrutar. Descanse en paz.


Miguel Amengual

1 comentario:

  1. A pesar de que hace 18 años que no vivo en Segovia, me acaba de llegar la noticia del fallecimiento de D.Guillermo. Gran médico y mejor persona. Recordar a D.Guillermo es recordar mi infancia. Cuando mi hermano o yo nos encontrábamos mal, pedíamos que llamaran a "Don Dillermo". Llegaba a casa fuera el día que fuera y fuera la hora que fuera. Y solo con verle ya te encontrabas mejor. Le recuerdo con su uniforme blanco para asistir al baile del parque del Alcázar...O su alegría cuando se enteró de que me iba a casar con un militar. Fue una gran persona y unos afortunados los que tuvimos la suerte de conocerle. Un fuerte abrazo allá donde esté.

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