19 de enero de 2015

Pregón 2012 - Miguel Amengual

QUINTANA DEL PUENTE: PREGÓN 2012

Miguel Amengual
Buenas tardes. Muchas gracias,
Lo primero agradecer a Conchi, nuestra alcaldesa, y a toda la corporación municipal, el generoso ofrecimiento para participar en este acto tan importante en la vida de un pueblo, el pregón de las fiestas locales, una de esas cosas que te ronda por la imaginación y que cuando sucede es como si no te lo acabaras de creer. Es algo que realmente me enorgullece y me llena de satisfacción...
Desde hace bien poco tenemos nuestra propia casa aquí cerca, justo detrás del cuartel de la Guardia Civil, un pequeño terreno en la calle del insigne arquitecto palentino Don Anselmo Arenillas, uno de los primeros rehabilitadores del monasterio de Santa María la Real en Aguilar de Campóo. Aprovecho por comentar sobre esta joya del románico, sede del Centro de Interpretación, que invito vivamente a conocer por investigar las raíces más recientes de nuestro pasado.
Hasta el momento de construir nuestra casa yo era un hombre sin pueblo. Ahora, con un pueblo de adopción que me acoge con cariño, me siento realizado al cumplir el sueño esperado durante tantos años. Constituye para mi un inmenso placer y un verdadero honor disfrutar este momento y poder dirigiros unas breves palabras con las que dar comienzo las fiestas patronales en honor a San Esteban, las palabras de un forastero que ha encontrado aquí la paz y la felicidad rodeado de amigos y de vecinos, de alguien que jamás tuvo pueblo y que por fin lo ha encontrado.
Me gustaría transmitiros algunas cosas sencillas que me llaman la atención desde mi más tierna infancia cuando en Segovia, los vecinos con los que jugábamos en la calle pasaban los veranos en el pueblo mientras nosotros, mis hermanos y yo, viajábamos a la playa, a Valencia o a Torrevieja, donde vivían los abuelos. Una vida muy diferente en todos los aspectos; para mí un verdadero descubrimiento.
A este respecto, y en aras a la debida brevedad del acto, intentaré sintetizar los aspectos más destacables que iré estructurando en varios apartados:
¿Qué significa Quintana para mí?, Algo de mí, Tres cosas que me unen con Quintana, El pueblo y su entorno, y finalmente La gente de Quintana…
Así que comenzaremos por el principio, por lo que significa Quintana para mí, un nuevo mundo de aventuras y de sensaciones, una isla verde en medio del páramo. Quintana es la evasión, el lugar donde venir a descansar, el sitio para desconectar del mundo y para cambiar de aires. Representa para mí, y esto es evidentemente una apreciación muy personal, el momento de las vacaciones y de los días de asueto alejado de las obligaciones laborales y de la rutina diaria de la gran ciudad. Quintana son las fotos en la ribera del Arlanza y los paseos por el campo, los vinos en la plaza, el calor del verano y los fríos del invierno, los colores del otoño, la magia de la primavera, la posibilidad de tener un jardín, el nogal de Paco, los ginkgos y el jardín de piedras, la chimenea en invierno y el porche en verano, el silo junto a la estación y el cielo nocturno con su campo de estrellas. Una visión muy particular de alguien que ni vive ni trabaja en el pueblo y que encuentra justo aquí, lo necesario para olvidarse del resto del universo: algo idílico sin duda pero todos vivimos de ilusiones, el motor de la vida y del mundo, y cada uno se crea sus paraísos reales o de ficción. Por eso para mi Quintana representa todo esto que os cuento y mucho más: el sitio mítico donde refugiarme, mi cabaña del monte, el cobijo en la tormenta, la Ítaca soñada…
Cuando hablo de mí, siempre comienzo diciendo que nací un viernes de Dolores y me bautizaron un domingo de Ramos. Muchos años pasaron desde entonces, más de medio siglo. Mi madre dice que yo tendría que haber nacido en Jaca, donde vivían en aquel entonces, pero al tratarse del primer parto prefirió acercarse a Madrid donde residían los abuelos. Así que yo nací en Madrid por accidente y subí a la peña Oroel antes de nacer, aunque siempre me he considerado segoviano. Hace tiempo leí que uno es del sitio donde ha hecho el bachillerato, apropiándome de la atractiva fórmula del escritor José Luis Sampedro; por eso yo me considero segoviano aunque nunca haya sabido muy bien de donde soy. Sampedro habla de los septenios, periodos en que divide la vida y que se adaptan a diversas circunstancias personales y laborales. Quizá hayamos entrado en el septenio de Quintana aunque habrá que esperar unos años para saberlo con certeza; es importante buscar un lugar donde plantar los pies en la tierra y encontrar la propia identidad. Vivo en Madrid desde los 18 años y trabajo en un gran hospital rodeado de coches y de asfalto. Desde hace menos de un año, con mi casa en Quintana, me considero de alguna manera quintanés de adopción, como así se califica al natural de este bonito pueblo. Y quintanés consorte nada más y nada menos pues Beatriz, al nacer en el pueblo, es “corbatera” de pura cepa.
He estado pensando en las tres cosas que me unen con Quintana y creo que me ha resultado bastante sencillo:
La primera y la más importante es Beatriz, sin ella todo esto hubiera sido imposible así que desde aquí aprovecho por darte las gracias Bea, a ti y a tu familia. ¡Eres la más fuerte y la más valiente! Beatriz me ha regalado un pueblo; sin duda, por el sentimiento que le acompaña, una de las cosas más hermosas que se puedan regalar. Beatriz está bien satisfecha de haber nacido en Quintana y yo muy estoy orgulloso de ella, como se puede fácilmente apreciar. Sinceramente creo que formamos una buena pareja…
La segunda circunstancia que me hace sentir bien y que me une con esta tierra, es nuestra casa de piedra donde ocupamos muchos fines de semana y vacaciones, donde nos cansamos y disfrutamos trabajando y descansando. Una verdadera paradoja el descansar cansándonos. Nuestra casa es de hormigón y ya he comentado que está situada justo detrás del cuartel de la Guardia Civil. Es una casa pequeña, forrada de piedra y de madera pero muy acogedora. En la parcela plantamos y cuidamos con cariño algunos de los arbolitos que crecían en el balcón de nuestra casa madrileña. A mi me recuerda un refugio de montaña donde retirarme a leer y a descansar; el sitio donde almaceno las vivencias que amaso como un tesoro y que después doy forma poco a poco, dejando vagar los pensamientos, dando rienda suelta a la imaginación.
Por fin el tercer aspecto, quizá menos llamativo, que me crea un vínculo especial con Quintana son las sensaciones que año tras año voy publicando en la revista de la asociación cultural, gracias a la entusiasta acogida de Paco y de Sotero. En estas memorias que organizan mi vida, expreso todo aquello que me llama la atención, vivencias y experiencias veraniegas, notas y lecturas que recopilo a lo largo de los años, escritos donde abro mi corazón permitiendo que mis lectores puedan conocerme un poquito mejor. Algo que te agradezco infinitamente, querido Paco, y que quiero manifestar públicamente. Las crónicas editadas en la revista a lo largo de todos estos años me hacen sentir bien, palabras encadenadas que me permiten reflexionar y tomar el pulso a una tierra que ya siento como propia. El esfuerzo de plasmar ideas y pensamientos me ayuda a disfrutar un poco más con cada nueva lectura.
Señalados los aspectos que me unen con Quintana, llega el momento de comentar algunas cuestiones sobre el pueblo y su entorno; la visión cariñosa del sitio físico y de las personas que lo habitan por alguien que viene de fuera.
A lo largo de estos últimos años he intentado conocer toda la comarca. Al llegar desde Madrid por la carretera de Lerma y pasar junto al jerbo solitario, poco después del cruce de Palenzuela, siento que ya estamos en casa. El mero hecho de entrar en el pueblo y saludar a Rafael, a Julián, a Paco o a Tulín, es algo que me reconforta y que me hace sentir bien. Beatriz me regaña por pararme con todo el mundo pero yo siempre he sido una persona muy sociable.
En el entorno más próximo quiero destacar la ribera del Arlanza, las bodegas y la Colonia con su curiosa historia que voy desentrañando poco a poco según me cuentan unos y otros: antiguo sanatorio antituberculoso después de la guerra, residencia y centro de vacaciones posteriormente. Hablando un día con Paco me comentó sobre las ruinas del convento de la Quinta. Allá me fui, vigilado estrechamente por una patrulla de la Guardia Civil que debía pensar qué habría perdido, en la carretera de la Colonia, tan solitario caminante. Encontré las ruinas, apenas cuatro piedras en medio del campo, pero la bajada hasta Valbuena me obliga a pedir ayuda para el regreso. Al final, como casi siempre, Beatriz acude a mi rescate:
-       ¡Pero qué se te ha perdido a ti por aquí!
-       Pues nada, buscando las cosas que me comenta Paco
Mira que pasaron años. Veranos intensos recorriendo la comarca, leyendo y descubriendo el Cerrato profundo, Torquemada y Baltanás, visitando pueblos y bodegas, Hérmedes, Vertavillo, Cevico-Navero, Antigüedad; mis paseos sin destino y mis caminatas por el Canal de Castilla fotografiando ruinas y conventos, buscando la mejor sombra y eligiendo el lugar de reposo para mis lecturas en la ribera, compartiendo y disfrutando. “Iglesias o montañas” me preguntan en la oficina de turismo, a lo que yo tímidamente respondo con un “iglesias y montañas” pues me interesan las dos, tal y como confieso a la perpleja funcionaria. Excursiones por Cervera y Ruesga, la montaña palentina y sus magníficas cumbres, el brillante Espigüete junto al negro Curavacas sin olvidar el gigante dormido que habita Peña Redonda. Diez años, quizá más. Pasa el tiempo sin apenas darnos cuenta; será que nos estamos haciendo mayores. Nuestras visitas se hacen ahora más frecuentes que nunca al disponer de la casa donde pasar vacaciones y fines de semana, centro logístico para nuestras incursiones a los Picos de Europa.
Tendréis que perdonar mi ignorancia sobre la gente de Quintana y el desconocimiento que me hará olvidar a muchas de las personas con las que me relaciono y me encuentro por aquí. De entrada pido excusas por posibles descuidos, sois muchos y os voy conociendo poco a poco. No es fácil aterrizar en Quintana y hacerse un hueco de repente, permanecen muchas lagunas que con el tiempo espero completar. Aparte de los Becerril-Rojas y la familia de Villodrigo, no puedo dejar de nombrar a tanta gente y amigos que nos hacen agradable la estancia en el pueblo. De entrada todos los vecinos que nos rodean en la urbanización de la Estación, las familias de Ricardo, de Carlos, Adolfo y Puri, Miguel el de Burgos, César y su familia en la casa de madera, sus hermanas, el gallego de la casa de piedra, Luis Ángel en el otro extremo, que nos levantó con su hermano Fernando las medianeras que delimitan la parcela, Toño y Óscar del añorado Pasarela. Da gusto verse rodeado de tan buenos vecinos en un barrio que se llena, poco a poco, de pequeñajos.
Para ser sincero y comenzar por el principio, uno de mis primeros lazos con el pueblo ha sido mi querido Pacopus, verdadero motor cultural e inquieto personaje, apoyado por la gente de la asociación: Toñi, José Carlos y todos los demás... No puedo olvidarme de Don Jesús, un hombre bueno y entrañable; de Conchi, la alcaldesa, que nos ha animado y ayudado con los trámites y papeleos; de la gente de los bares: Tulín y Fernando en el Lafri, Germán y Carmen en el Pico; de la cuadrilla de Paco; las amigas de Beatriz: Mirian y Ofelia (nietas de Nano), las Merches (la vasca y la del Suco); los amigos de Simón: Trico, Casero, el Chino…; de Mariano el peluquero, Pepe el gallego, Jose el de Gamazo; de Paloma y Jesús Ángel que me guardan el pan y el periódico, alimento físico y espiritual de cada día; de las campanas de la Seve y los parchises de las mujeres: Luisa, Conchi, Puri.
En fin, cuántos Quintanas… Emocionante descubrimiento del Cerrato y de la ciudad de Palencia, de Quintana y de nuestra base de operaciones en medio del secarral castellano, justo entre la casa madrileña y las montañas del norte. Hormigón, piedra y madera, materiales nobles para el pequeño refugio donde instalarnos a leer y salir a estirar las piernas. “Vailima” decía yo al proyecto de nuestra casa, nombre del lugar donde vivía Stevenson en la isla de Samoa. Stevenson era allí conocido como “Tusitala”, el contador de historias; eso acabaré siendo yo, un contador de historias en mi casa de Quintana. Muchas gracias vecinos y amigos, quintaneses todos,

¡Viva Quintana!,

¡Viva San Esteban!

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